Una investigación liderada por Nelsy Estela Jácome Torres, egresada de Ingeniería Forestal de la Universidad del Tolima, está usando imágenes satelitales e inteligencia artificial para identificar manglares en Tumaco con más precisión. El trabajo no es solo una curiosidad académica: puede ayudar a monitorear ecosistemas clave para el clima, la pesca y la protección costera del Pacífico colombiano.
Resumen rápido
- El estudio evaluó siete índices de vegetación con imágenes Sentinel-2 para distinguir manglares en San Andrés de Tumaco.
- La investigación fue publicada en Colombia Forestal y reseñada por El Nuevo Día; combina teledetección, análisis espectral y validación con datos de referencia.
- Para Colombia, el valor está en pasar de diagnósticos lentos a monitoreo ambiental más frecuente, útil para conservación, ordenamiento territorial y decisiones públicas.
La inteligencia artificial también está metida en el barro, el agua salobre y los bosques costeros. En Tumaco, una zona donde la nubosidad suele complicar el seguimiento satelital, una investigación colombiana probó cómo diferentes índices de vegetación pueden ayudar a reconocer manglares usando imágenes Sentinel-2. La noticia fue destacada por El Nuevo Día y el estudio completo aparece en la revista científica Colombia Forestal.
El equipo está integrado por Nelsy Estela Jacome-Torres, Mauricio Alejandro Perea Ardila, Miguel Á. Quimbayo-Cardona y Milena A. Segura-Madrigal. Su objetivo fue aterrizar una pregunta muy práctica: ¿qué tan bien funcionan los índices diseñados para identificar manglares cuando se aplican a las condiciones reales del Pacífico colombiano? Esa precisión importa porque los manglares no son un “verde” cualquiera en el mapa. Son barreras naturales contra la erosión, refugio de biodiversidad, soporte de economías pesqueras y depósitos potentes de carbono.
El estudio evaluó siete índices específicos de vegetación en San Andrés de Tumaco. Usó análisis espectral, interpretación visual y validación con información de referencia. Uno de los hallazgos más llamativos es que el Índice de Vegetación de Manglares llegó a sobreestimar el área en más de 500%, una señal clara de que importar metodologías sin ajuste local puede llevar a decisiones torcidas. Otros índices, como el Índice de Manglares, mostraron mejores resultados visuales, aunque todavía con limitaciones en zonas dominadas por agua.
Ahí está la parte clave para empresas, universidades y entidades públicas: la IA y la teledetección no reemplazan el conocimiento del territorio; lo amplifican cuando se calibran bien. En regiones como Tumaco, donde levantar datos de campo puede ser costoso, lento o difícil por clima y acceso, una metodología satelital robusta permite vigilar cambios con mayor frecuencia. Eso abre la puerta a alertas tempranas por deforestación, priorización de restauración, seguimiento de compensaciones ambientales y mejores insumos para planes de ordenamiento.
También hay un mensaje bonito para el ecosistema científico nacional. La autora principal es oriunda de Tumaco y, según El Nuevo Día, llegó a Ibagué tras ser desplazada por el conflicto. Su investigación conecta ciencia aplicada, tecnología y territorio desde una experiencia personal que Colombia conoce demasiado bien. No es innovación de vitrina: es una herramienta para mirar mejor un ecosistema que sostiene comunidades y que rara vez ocupa titulares tecnológicos.
Para el sector privado, especialmente empresas con operaciones o cadenas de suministro ligadas a costa, agro, infraestructura, energía o compensación ambiental, este tipo de trabajo marca una ruta. Ya no basta con reportes ESG de escritorio. La combinación de satélites, modelos de análisis y datos de campo puede volver más verificables los compromisos ambientales. Y para startups climáticas o govtech, el aprendizaje es directo: hay oportunidades en productos que conviertan imágenes, mapas y modelos en decisiones simples para alcaldías, corporaciones autónomas, aseguradoras o consultoras ambientales.
¿Qué mirar después? Primero, si estos índices se prueban en otras zonas del Pacífico y del Caribe colombiano. Segundo, si las universidades y entidades ambientales convierten la metodología en herramientas operativas, no solo en papers. Tercero, si se integran datos de drones, sensores de campo y comunidades locales para mejorar los modelos. La noticia deja una pista poderosa: la IA más útil para Colombia no siempre será la más ruidosa, sino la que ayude a cuidar mejor lo que ya tenemos.