Startups e innovación04 Jul 2026ODEKLAS

Cacao de laboratorio con sello colombiano: innovación que mira más allá del chocolate

Una ingeniera agrónoma colombiana fue destacada por su trabajo en cacao cultivado en laboratorio, una tecnología que busca producir células reales de cacao en biorreactores. La noticia mezcla ciencia, sostenibilidad y una pregunta incómoda para la agroindustria: ¿qué parte del futuro del chocolate crecerá fuera de la finca?

Resumen rápido

  • Luisa Fernanda Bermúdez, colombiana vinculada a la startup Galy, recibió un Silver Award en los Edison Awards 2026.
  • La tecnología permite cultivar cacao real en biorreactores usando agua, azúcar y nutrientes, sin depender del ciclo agrícola tradicional.
  • La promesa es reducir uso de suelo y presión ambiental, sin reemplazar de un día para otro a los productores tradicionales.

El cacao suele contarse como una historia de campo: árboles, clima, cosecha, fermentación y exportación. La innovación de Galy cambia el escenario sin borrar esa historia. Según Impacto TIC, el equipo de la startup desarrolló un proceso de agricultura celular que cultiva células de cacao dentro de biorreactores industriales. La científica colombiana Luisa Fernanda Bermúdez, ingeniera agrónoma y egresada de la Universidad Nacional, lideró procesos clave de ese avance y fue reconocida con un Silver Award en los Edison Awards 2026.

La idea no es “sabor artificial a chocolate”. La propuesta consiste en producir biomasa de cacao real a partir de células, con una receta controlada de agua, azúcar y nutrientes. En vez de esperar años a que un cultivo alcance madurez o depender de una temporada vulnerable al clima, el laboratorio busca estandarizar producción, trazabilidad y calidad. Galy, en su comunicación corporativa, describe su enfoque como cacao y algodón “biocrafted”, con énfasis en escalabilidad, suministro trazable y menor uso de recursos.

Para Colombia, el tema merece atención por dos razones. La primera es obvia: el país tiene tradición cacaotera y regiones que han apostado por el cacao como alternativa productiva, incluso en territorios golpeados por economías ilegales. La segunda es menos romántica: el mercado global está presionado por cambio climático, enfermedades de cultivos, volatilidad de precios y demanda creciente de ingredientes sostenibles. En ese contexto, la biotecnología puede volverse un complemento industrial, no solo una curiosidad de laboratorio.

El impacto potencial para empresas es amplio. Fabricantes de alimentos podrían usar ingredientes con especificaciones más estables. Marcas premium podrían reducir riesgos de abastecimiento. Fondos de innovación pueden mirar con más interés a científicos latinoamericanos que trabajan en biología sintética, fermentación de precisión y agricultura celular. Y universidades colombianas tienen una vitrina clara: el talento formado aquí puede liderar tecnologías globales si encuentra laboratorios, redes y capital paciente.

También hay preguntas difíciles. ¿Cómo se regula un ingrediente cultivado en biorreactores? ¿Qué tan competitivo será el costo frente al cacao tradicional? ¿Cómo evitar que la narrativa de sostenibilidad termine desconectada de pequeños productores que viven del cultivo? La respuesta sensata no es enfrentar finca contra laboratorio. Es pensar una cadena híbrida donde la ciencia ayude a cubrir demanda, reducir presión sobre ecosistemas y abrir nuevos productos, mientras el cacao de origen mantiene su valor cultural y económico.

La inteligencia artificial puede aparecer en esta conversación de manera menos visible, pero importante: optimización de procesos, análisis de datos biológicos, control de calidad y modelado de condiciones de cultivo celular. En biotecnología, la ventaja rara vez está en una sola máquina; está en aprender más rápido que el competidor y convertir datos experimentales en producción confiable.

Lo que hay que mirar ahora es si Galy y otras compañías logran escalar sin perder calidad, superar aprobaciones regulatorias y convencer a compradores industriales. Si eso ocurre, Colombia debería ver esta noticia como algo más que un orgullo personal por una científica premiada. Es una pista sobre el tipo de innovación agroindustrial que el país puede producir: ciencia profunda, conectada con recursos naturales, pero no atrapada en la idea de que innovar en alimentos significa hacer lo mismo con una etiqueta más verde.

Fuentes consultadas